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Cosas absurdas que hacemos todos los días

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4 de octubre de 2026 6 min de lectura
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  • Cosas absurdas que hacemos todos los días (y por qué no somos los únicos)
    • Abrir la nevera “por si acaso”
    • Mirar el móvil nada más despertar
    • Pulsar “posponer” (snooze) una y otra vez
    • Hablar con animales o con objetos como si fueran personas
    • Guardar por si acaso (el cajón de los “por si”)
    • Comprobar que la puerta está cerrada… otra vez
    • Compartir sin verificar
    • Pelear con el autocorrector
    • Entrar en una habitación y olvidar por qué
    • Volver a ver una serie que ya conoces
    • Hacer 27 selfies hasta que sale “bien”
    • Rituales previos a eventos importantes
    • Pequeñas absurdidades digitales
    • Curiosidades relacionadas
    • Consejos prácticos para reducir lo absurdo sin morir en el intento
    • ¿Hasta qué punto estos hábitos son “normales”?
    • Conclusión
    • ¿Por qué nos llaman la atención las pequeñas absurdidades diarias?
    • ¿Son todas estas costumbres dañinas?
    • ¿Cómo puedo dejar de revisar el móvil constantemente?
    • ¿Hay explicaciones científicas para estos comportamientos?
    • ¿Cuándo debo preocuparme y pedir ayuda profesional?

Cosas absurdas que hacemos todos los días (y por qué no somos los únicos)

Ese gesto aparentemente tonto —abrir la nevera tres veces en diez minutos sin sacar nada— forma parte de una lista larga de hábitos que repetimos con tan poca conciencia como seguridad. Algunas de estas costumbres son inofensivas; otras nos hacen perder tiempo, dinero o dignidad ante la pantalla del móvil. En este artículo vamos repasando esas pequeñas tonterías cotidianas, explicando qué hay detrás cuando lo sabemos y cuándo conviene preocuparse.

Abrir la nevera “por si acaso”

La escena es universal: llegas a la cocina, abres la puerta del frigorífico, miras y la cierras. No tienes hambre y no recuerdas qué buscabas. En parte esto responde a la memoria prospectiva —la capacidad de recordar que tienes que hacer algo— y a la búsqueda de novedad. A veces abrimos la nevera para “refrescar” una idea en la cabeza y darle tiempo a que aparezca lo que buscamos. No es peligroso, solo un hábito que consume segundos y calorías por visualización.

Mirar el móvil nada más despertar

Antes incluso de levantarte de la cama ya has deslizado el dedo y revisado notificaciones, correo y redes. Hay razones tecnológicas y psicológicas: por un lado, las aplicaciones están diseñadas para captar atención; por otro, el cerebro busca un chute de información o de reafirmación social temprano. Si te interesa saber más sobre el fenómeno desde un punto de vista cultural y tecnológico, puedes leer sobre nomofobia y sobre cómo el doomscrolling ha cambiado hábitos de consumo de información.

Pulsar “posponer” (snooze) una y otra vez

El botón de posponer es un invento que parece útil y, sin embargo, perpetúa la inercia del sueño. La inercia del sueño es el estado transitorio de rendimiento reducido y somnolencia tras despertar; por eso, aunque parezca que dormir un ratito más ayuda, en realidad puede empeorar la sensación de aturdimiento. Si te cuesta dejar de posponer, probar con un horario de sueño regular y un despertador fuera del alcance puede ser más efectivo.

Hablar con animales o con objetos como si fueran personas

Desde darle el mismo nombre a la mascota que a la pareja hasta decir «gracias, lavadora», antropomorfizamos constantemente. Dar cualidades humanas a animales, máquinas o cosas facilita la empatía y puede reforzar vínculos (por ejemplo, con mascotas). Cuando esa tendencia se observa en objetos inanimados como caras en nubes o tostadas, entra en juego la pareidolia.

Guardar por si acaso (el cajón de los “por si”)

Acumulamos ropa que ya no usamos, cargadores viejos y recambios sin etiqueta “por si hace falta”. La aversión a la pérdida —el miedo psicológico a arrepentirse de tirar algo— y la preferencia por minimizar riesgos explican parte de este comportamiento. En muchos casos solo supone un coste de espacio y tiempo; en otros, puede derivar en un problema serio si se convierte en acaparamiento crónico.

Comprobar que la puerta está cerrada… otra vez

¿Te ha pasado llegar a una esquina y volver a mirar si cerraste la puerta? Son comprobaciones repetidas que generalmente responden a inseguridad momentánea o a un patrón aprendido: ejecutar una acción inconscientemente y luego dudar. Si se vuelve frecuente e impide la vida diaria, puede merecer atención profesional; en casos aislados es solo una molestia puntual.

Compartir sin verificar

Enviar un titular impactante o un meme chocante antes de mirar la fuente es una práctica extendida. La velocidad de las redes favorece la difusión inmediata; la verificación exige tiempo y pensamiento crítico. Para quienes quieran formarse mejor en este tema, la página sobre desinformación ofrece un buen punto de partida para entender cómo y por qué se propagan noticias falsas.

Pelear con el autocorrector

Escribir rápido en el móvil y ver cómo el corrector cambia “te” por “té” o “casa” por “caso” ha provocado más malentendidos que grandes debates. Son ejemplos de fricciones entre la comunicación humana y las herramientas de predicción lingüística; algo tan cotidiano como reescribir un mensaje una y otra vez refleja cómo la tecnología intenta adaptar el lenguaje humano a sus reglas.

Entrar en una habitación y olvidar por qué

Ese momento tan frustrante suele estar relacionado con la memoria prospectiva y con cambios contextuales: cuando cambias de habitación, la señal contextual que te recordaba la tarea desaparece. También influyen la distracción y el multitasking. No es que la memoria falle por completo; es solo que el “recordatorio” que necesitabas quedó en la otra estancia.

Volver a ver una serie que ya conoces

Repetir una película o una temporada es un ritual de confort: sabemos qué esperar, procesamos menos estímulos nuevos y obtenemos una recompensa emocional estable. El fenómeno del binge watching tiene una vertiente opuesta (ver mucho contenido nuevo en poco tiempo), pero la repetición forma parte de la búsqueda humana de familiaridad y seguridad.

Hacer 27 selfies hasta que sale “bien”

La práctica de retocar o repetir fotos obedece a estándares estéticos, presión social y deseo de control sobre la propia imagen pública. No es raro que un hábito inofensivo derive en ansiedad por la presentación virtual; moderarlo requiere atención sobre por qué y para quién se toman tantas fotos.

Rituales previos a eventos importantes

Sea tocar madera, calzar el mismo calcetín para un partido importante o revisar un amuleto, los rituales funcionan como mecanismos para reducir la incertidumbre. La superstición tiene raíces culturales y psicológicas; muchas veces, cumplir un ritual ofrece sensación de control aunque no modifique el resultado objetivo.

Pequeñas absurdidades digitales

  • Poner contraseñas casi idénticas para todo: comodidad frente a seguridad.
  • Guardar centenares de fotos que nunca vuelves a mirar: la ilusión de conservar recuerdos.
  • Renombrar la red Wi‑Fi con chistes y cambiarlo semanalmente: humor doméstico y orgullo por la creatividad efímera.

Curiosidades relacionadas

– La llamada “inercia del sueño” se ha estudiado lo suficiente como para justificar recomendaciones sobre rutinas de sueño; no es un mito que levantarse con alarmas muy intermitentes pueda empeorar el despertar (ver inercia del sueño).

– La antropomorfización ha sido aprovechada en diseño de productos y mascotas virtuales para mejorar la interacción: poner rasgos humanos a un objeto facilita la conexión emocional.

– El impulso de revisar el teléfono temprano está tanto en la arquitectura de las aplicaciones como en la necesidad social de pertenencia; es un combo potente que forma hábitos difíciles de romper.

Consejos prácticos para reducir lo absurdo sin morir en el intento

  • Identifica uno o dos hábitos que más tiempo te roban y sustitúyelos por alternativas concretas (por ejemplo, dejar el móvil en otra habitación 30 minutos tras despertarte).
  • Si acumulas objetos “por si acaso”, practica el método de una bolsa: guarda para revisar pasado un año. Si no lo echas de menos, quizá puedas desprenderte.
  • Antes de compartir una noticia o un meme, dedica diez segundos a comprobar la fuente. Es un coste mínimo para disminuir errores sociales.
  • Transforma rituales inofensivos en rutinas útiles: si siempre tocas madera, aprovecha para repasar mentalmente los puntos clave antes de una reunión.

¿Hasta qué punto estos hábitos son “normales”?

La mayoría de las conductas citadas son variantes normales del comportamiento humano: economías cognitivas, búsqueda de confort y reacción a la tecnología. Solo cuando interfieren gravemente con la vida cotidiana o generan ansiedad intensa es cuando conviene evaluar su origen y, si es necesario, consultar a un profesional.

Conclusión

Todos hacemos pequeñas tonterías: son el pegamento de la cotidianidad y, en muchos casos, mecanismos adaptativos o conservadores. Identificar cuáles nos cuestan tiempo o bienestar y actuar con pequeños cambios puede transformar lo absurdo en algo menos incómodo y más útil.

¿Por qué nos llaman la atención las pequeñas absurdidades diarias?

Porque son universales y nos permiten reconocernos en los demás. Además, en la era de las redes sociales, lo cotidiano adquiere valor como contenido, y eso magnifica lo trivial. Desde un punto de vista psicológico, muchos de estos comportamientos emergen de atajos mentales que ahorran energía cognitiva.

¿Son todas estas costumbres dañinas?

No. La mayoría son inofensivas y, en ocasiones, beneficiosas (reducen estrés, crean rutina). Solo cuando limitan la vida diaria, generan ansiedad intensa o desembocan en conductas peligrosas, merecen intervención profesional.

¿Cómo puedo dejar de revisar el móvil constantemente?

Prueba estrategias prácticas: desactivar notificaciones no esenciales, establecer franjas sin pantalla, poner el móvil en otra habitación al despertarte y sustituir la costumbre por otra actividad (agua, estiramientos, lectura breve). La clave es sustituir el hábito, no solo intentar eliminarlo.

¿Hay explicaciones científicas para estos comportamientos?

Sí. Muchos tienen base en procesos de memoria (como la memoria prospectiva), en sesgos cognitivos (aversiones o afinidades) y en la influencia de arquitecturas tecnológicas diseñadas para captar atención. Para lecturas generales, la Wikipedia en español ofrece artículos sobre memoria prospectiva, aversión a la pérdida o la pareidolia.

¿Cuándo debo preocuparme y pedir ayuda profesional?

Si una conducta repetida interfiere con tus relaciones, trabajo o bienestar emocional, o si sientes que la necesitas para funcionar y te genera angustia al intentar cambiarla, es recomendable consultar a un profesional de la salud mental. Un diagnóstico serio no se basa en un hábito aislado, sino en el impacto y la persistencia del problema.

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